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Batacazo del basquet Argentino, la selección le ganó a Serbia

La inteligencia y el temple fueron piezas fundamentales para conseguir la hazaña.

En fútbol pasa más seguido. Hay más lugar para la sorpresa. Tal vez por las dimensiones del campo de juego y por la cantidad de jugadores. Pero en el básquetbol no es común. El que es mejor casi siempre le gana al rival inferior. El triunfo de la Argentina ante Serbia en el Mundial de China es una de las mayores sorpresas que se puedan recordar en la historia de este deporte en nuestro país. Tanto que resulta ilógico. Es una disciplina con un nivel de análisis exagerado, con estadísticas avanzadas a un extremo insólito y con la inteligencia artificial que ya empiezan a imponerse sobre las decisiones de algunos entrenadores. No es una locura decirlo. Ya está pasando. La supremacía del tiro de tres puntos, por ejemplo, está sostenida en proyecciones matemáticas más que en decisiones humanas.

¿Cómo sucedió? Las razones son variadas. La Confederación de Básquet creó el método CABB, una forma de establecer normas de conducta y de conceptos de juego después de la Generación Dorada. Incluso algunos entrenadores no están de acuerdo con ese método. Pero ahí está, es la guía a seguir con convencimiento. Sin embargo eso no es suficiente. La inteligencia y el temple son fundamentales, también.

La alarma sonó cuando en apenas ocho minutos de partido, todos los internos argentinos estaban comprometidos con las faltas personales (sólo se pueden hacer 5 en todo el partido antes de que un jugador sea excluido). Luis Scola y Marcos Delía tenían dos infracciones y Tayavek Gallizzi, tres. Todo cuando se había jugado apenas el 20% del encuentro. Hasta tuvo que ingresar a jugar Agustín Caffaro, un joven que sorprende en la Liga Nacional, pero que no tiene aún la jerarquía internacional que estos duelos requieren. Pero hasta él estuvo a la altura.

Un cuerpo técnico de lujo que ya entró a la historia

Lo que no sabíamos es lo que el equipo había diseñado para el partido. ¿Cómo íbamos a aguantar el resto del juego ante jugadores de 2,12m para arriba? La Argentina buscó eso. Ensució el partido desde el comienzo. Que se entienda, no con malas artes, sino para enviar un mensaje. Los serbios entendieron que esos jugadores estaban dispuestos a todo. Que no les importaba la talla ni la experiencia. Que no iban a rehuir ante el desafío físico. Que los iban a golpear tanto como lo permite el reglamento. Los amedrentaron. Los hicieron sentir pequeños. Aunque en cada posición de la cancha los europeos le sacan una cabeza de altura o más a los argentinos. Los gigantes fueron los nuestros. Y pese a las quejas, las faltas que cobraron los referís estuvieron bien cobradas.

Sólo un foul ofensivo a Campazzo, en el primer cuarto, pareció exagerado. Pero la Argentina jugó duro. Con carácter. Y allí es fundamental Luis Scola, el mejor jugador de la selección de la historia. Por su clase y determinación deportiva. Pero fundamentalmente por la ascendencia que tiene sobre los árbitros. En el segundo tiempo la Argentina jugó tan fuerte y duro como en el primero, pero ya no le cobraron tantas faltas. Scola estuvo siempre ahí para decir la palabra justa que los jueces necesitaban escuchar para convencerse de que ese es el estilo argentino y lo deben respetar.

Locura de los jugadores de la selección

La dinámica del básquet moderno obliga a que los pivotes tengan movilidad para salir al perímetro, de lo contrario el castigo con los lanzamientos exteriores será definitivo. La Argentina anotó un formidable 44% con 12 triples convertidos. Nuestra selección que históricamente jugó ataques estacionados ahora quiere correr y darle velocidad a cada posesión. Ofrecer una versión ofensiva más intuitiva que científica. Confiar en sí mismos. Pese a que ellos son mejores. Y cuando los grandes (Delía, Scola y Gallizzi) tuvieron que salir porque tenían muchas faltas, la estrategia fue aguantar cuando los pivotes serbios jugaban de espalda cerca del aro y sumar ayuda con los bases (Laprovittola, Campazzo y Vildoza), para provocar robos y errores de manejo.

El básquetbol tiene eso. Para argumentar lo que se creía imposible, se suele recurrir a cuestiones técnicas, tácticas, estratégicas… Pero esta vez hace falta mirar un poco más allá. Mientras las apuestas estaban 8 a 1 en favor de Serbia, los jugadores argentinos estaban convencidos de que iban a ganar. Incluso los suplentes. Sergio Hernández usó a 11 de sus 12 hombres (sólo quedó inactivo Redivo) y todos rindieron en momentos precisos. Un reloj suizo. La tormenta perfecta. Cada uno de ellos sabía que si hacía bien su tarea en el instante correcto, la victoria podía ocurrir.

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