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A 70 años de la creación de la CNEA: Roosevelt, Stalin, Perón y la carrera por el poder nuclear

CNEA 70 aniversario
Construcción de Atucha 1

Es diciembre de 1938, en la Alemania de un Hitler que, con plenos poderes, prepara su maquinaria militar para la expansión que desencadenará una segunda Guerra Mundial. Los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann envían un manuscrito a la revista científica Naturwissenschaften (“Ciencias de la Naturaleza”). Los datos allí consignados se interpretan, correctamente, como una prueba de la primera fisión nuclear lograda por el hombre. Estos resultados son confirmados experimentalmente el 13 de enero de 1939. La carrera por la bomba atómica había comenzado. En abril de 1939 el Ministerio de Guerra alemán realiza una reunión para informarse sobre las aplicaciones militares de la “investigación del uranio”. El programa, finalmente, se expande a tres esfuerzos principales: una “Uranmaschine” (reactor nuclear), la producción de uranio y agua pesada y la separación de isótopos de uranio (necesarios para fabricar una bomba).

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Mesa de trabajo en la que Otto Hahn descubrió la fisión nuclear en Berlín, 1938 (Deutsches Museum)

Albert Einstein había formulado en 1905 la base teórica que cuarenta años más tarde serviría para fabricar la bomba. En julio de 1939, su viejo amigo, el físico Leó Szilárd lo visita en Long Island, donde veranea el científico. Le lleva noticias inquietantes. Szilárd es un físico húngaro judío que, como Einstein, se había exiliado en Estados Unidos huyendo de la persecución de los nazis. Los alemanes han logrado la fisión del uranio y Szilárd, que investiga la reacción nuclear en cadena, entiende de inmediato que era el primer paso para fabricar armas atómicas. Tiene que convencer al gobierno estadounidense del peligro de que Hitler, que ya ocupa Checoslovaquia, se hiciera con más minas de uranio. Para ello necesita del prestigio de Einstein (Nobel en 1921, y ya el científico más famoso del mundo).

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Albert Einstein (izquierda) y Leó Szilárd (derecha) juntos en 1946.

“¡Nunca se me había ocurrido!”, exclama Einstein, cuando Szilárd le habla de la reacción en cadena. Entiende rápidamente lo que está en juego y acepta enviar una carta a Franklin D. Roosevelt.

Szilárd contribuye decisivamente al desarrollo del Proyecto Manhattan. Allí, junto a grandes científicos como Robert Oppenheimer, Enrico Fermi (Premio Nobel 1938), Edward Teller, Hans Bethe (Premio Nobel 1967), Richard Feynman (Premio Nobel 1965) y John von Neumann, desarrollan las bombas atómicas que EEUU lanza sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente.

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'Calutron Girls' monitoreando un espectrómetro de masas durante el Proyecto Manhattan. El secreto era tal que estas chicas no sabían lo que estaban haciendo. Foto Ed Westcott

Científicos soviéticos, ya en la década de 1930, habían discutido secretamente las posibilidades de una bomba atómica, incluso formalizaron una propuesta para desarrollarla. Para 1942, debido al silencio conspicuo de las publicaciones científicas sobre el tema de la fisión nuclear por parte de científicos alemanes, estadounidenses y británicos, el físico ruso Georgy Flyorov, sospecha que las potencias aliadas estaban desarrollando secretamente una “súper arma” desde 1939. Escribe una carta a Stalin para ponerlo al tanto y le sugiere comenzar un programa similar.

Stalin tiene la bomba atómica al alcance de su mano y, sin embargo, a causa de su paranoia, deja pasar la oportunidad. No cree en los informes de Klaus Fuchs, el físico alemán que trabaja en el Proyecto Manhattan y que avisa a la URSS que EEUU está listo para utilizar la bomba atómica durante el verano de 1945. Para Stalin y la KGB, no se trata más que de un engaño, para que la URSS destinase un gran esfuerzo económico y científico a perseguir una fantasía militar. Stalin cree ciegamente en el máximo exponente de la “ciencia socialista” Trofim Lysenko, un ingeniero antigenetista que proporciona soluciones “milagrosas” al problema de la baja productividad agraria que conduce a la URSS a las grandes hambrunas de los años 30. El “lysenkoísmo” descarta todas las ideas genéticas y se basa en una mezcla de marxismo, darwinismo y botánica elemental. Se opone al desarrollo de la investigación nuclear.

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Carta de Einstein-Szilárd: fue escrita por el físico Leó Szilárd y firmada por Einstein en un intento de advertir al presidente Roosevelt que la Alemania nazi podría estar trabajando en una bomba de fisión

El comienzo de la Guerra Fría

Claro que, luego de Hiroshima y Nagasaki, Stalin lanza su propio megaproyecto nuclear, descarta la opinión de Lysenko y, empleando a 10.000 técnicos especializados y entre 330.000 y 460.000 operarios logra, el 22 de agosto de 1949, detonar con éxito la “RDS-1”, una réplica exacta de la bomba “Fat Man” norteamericana, en el sitio de pruebas de Semipalatinsk. La URSS había logrado su bomba atómica y el impacto en la opinión pública adquiere dimensiones extraordinarias. El monopolio occidental sobre la tecnología más poderosa de la historia de la humanidad está ahora, también, en manos soviéticas. Esto marca el comienzo de la Guerra Fría.

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Portada del diario The New York Times, del 24 de septiembre de 1949: la alarma por una posible guerra atómica.
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RDS-1, primera bomba nuclear diseñada en la Unión Soviética, junto al diseñador jefe del programa soviético Yuli Khariton. Foto: TASS.

En la Argentina, el gobierno militar que llega al poder en junio de 1943, en pleno desarrollo de la Guerra Mundial, tiene una matriz nacionalista y antiliberal y produce un marcado giro industrialista en la economía nacional. En junio de 1944, se crea el primer régimen de promoción de las “industrias de interés nacional”, que protege las materias primas de interés para la defensa. Tras las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, un sector de las Fuerzas Armadas ve en el desarrollo del área atómica una posible solución a la dependencia de carbón y petróleo extranjero, factor percibido como rasgo central de la vulnerabilidad económica del país. El coronel Juan Domingo Perón es uno de ellos. A los pocos días de las explosiones atómicas, el general Manuel Savio presenta, a través del Ministerio de Guerra, un decreto por el cual se propone preservar los depósitos de minerales estratégicos para el área atómica, prohibiendo su exportación. Desde setiembre la Dirección General de Fabricaciones Militares y la Universidad Nacional de Cuyo se hacen cargo de la prospección de uranio y torio.

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General de División Manuel Savio (Foto: AGN)

El físico Teófilo Isnardi, a mediados de 1943, en una conferencia en la sede de la Unión Industrial Argentina, a tono con las iniciativas de algunos militares que influencian la política industrialista del gobierno, sostiene que los científicos en las universidades deben preocuparse por “los problemas del petróleo, de los caminos, de las construcciones con un mínimo de material y por lo tanto de costo, de las obras hidráulicas, de la fabricación de aviones, aceros, etc, etc.”

Si bien parte de la comunidad científica representada por la “Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias” (AAPC), que preside el fisiólogo Bernardo Houssay, se opone frontalmente a estas ideas, los físicos reunidos en la “Asociación Física Argentina” (AFA), liderada por Enrique Gaviola, ven la oportunidad para desarrollar la física en el país. La AFA se crea en agosto de 1944. Gaviola, doctorado en Göttingen, amigo de Einstein y un científico destacado mundialmente, es desde 1940 director del Observatorio Astronómico de Córdoba. Allí se forman, entre otros, Mario Bunge, Ernesto Sábato y José Antonio Balseiro. Desde el ascenso de Hitler, Gaviola colabora en la reubicación y protección de científicos perseguidos y exiliados, muchos de ellos, a pedido del propio Einstein, quien incluso le solicita su adhesión y apoyo a la declaración “A Policy for Survival”, luego conocida como el “Manifiesto de Chicago” o “Manifiesto de los Nóbel”, publicada el 12 de junio de 1948, donde se alerta a la humanidad sobre el peligro de las armas atómicas.

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El físico José Antonio Balseiro. Foto: Arch.Instituto Balseiro

Entre los científicos que integraron la lista del “Schindler argentino” se destaca el físico austríaco Guido Beck, incorporado por Gaviola al Observatorio de Córdoba, luego de su llegada al país en 1943. Beck había sido asistente de Werner Heisenberg (Premio Nobel de Física en 1931 a la edad de 30 años, en la cátedra de física teórica de la Universidad de Leipzig entre 1928 y 1932). Beck se transformaría en una figura clave en el impulso de la física en la Argentina.

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El físico Enrique Gaviola (Foto Diario Los Andes)

En abril de 1946, Gaviola presenta un informe sobre los aspectos científicos y tecnológicos de las reacciones en cadena, la física de reactores, la producción de plutonio y también propone el diseño experimental de bomba atómica. Gaviola proclama el fin de “la ciencia libre internacional” y el comienzo de una nueva la de “la ciencia nacional” al servicio de la defensa. Gaviola envía un memorándum a los ministros de Guerra y de la Armada, que también hace público, donde afirma que la Argentina atraviesa una encrucijada inmejorable para atraer científicos europeos de primera línea. Al mismo tiempo se crea el “Instituto Radiotécnico” a través de un acuerdo entre el Ministerio de Marina y la Universidad de Buenos Aires. Rápidamente Gaviola convence al Jefe de Comunicaciones Navales de integrar al premio Nobel Heisenberg al plantel de profesores del nuevo instituto. Heisenberg había sido una pieza fundamental del programa nuclear alemán. Beck y Gaviola le escriben y rápidamente contesta que viajaría a Buenos Aires, si podía obtener, de las fuerzas de ocupación británicas, el permiso para dejar Alemania. Al mismo tiempo, Gaviola logra, después de varias reuniones en Fabricaciones Militares, captar la atención del General Savio.

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La construcción de la Central Nuclear de Embalse. Foto: NA.S.A.

Tanto interés argentino por la energía nuclear resulta inamisible para las potencias triunfantes en la guerra. Estados Unidos pretende mantener el monopolio absoluto sobre los secretos nucleares. Se disputan, con la Unión Soviética, los científicos y técnicos alemanes, muchos son literalmente secuestrados o tratados como prisioneros de guerra. Ambos futuros rivales tienen equipos de búsqueda rastreando a cada científico valioso. Werner Heisenberg ha sido capturado por los aliados y es considerado de alta prioridad, prácticamente se lo consideraba un par de Einstein. Por eso Gran Bretaña prohíbe el viaje del científico y comunica ampliamente esa decisión, que se difunde en los diarios más importantes. El 24 de febrero de 1947, “The New Republic” pone en tapa: “Exclusive, Perón’s Atomic Plans” y comienza su nota afirmando que Werner Heisenberg ha sido invitado por el gobierno de Perón y que “con una gran fuente de uranio descubierta en la Argentina, esta nación está lanzando un programa militar de investigación nuclear para romper la caja de Pandora de la energía atómica”.

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El premio Nobel Werner Heisenberg, en 1925. Invitado a radicarse en la Argentina tras la guerra, no pudo viajar por la oposición de las potencias aliadas a ceder la monopolio de los secretos atómicos (© Bettmann / CORBIS)

Gaviola y Beck desarrollan una intensa actividad de prensa para contestar a los medios norteamericanos, pero la decisión de los aliados es irreversible: Argentina no debe tener acceso a la tecnología nuclear. Gaviola increpa, en una dura carta, al jefe del Estado Mayor General de la Armada, por su falta de firmeza para traer a Heisenberg: “¿Es que la Argentina sigue siendo ‘Dominio Honorario’ inglés como en los tiempos de la Conferencia de Otawa?”.

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Personal británico desmantelando la pila nuclear experimental en Haigerloch cerca de Stuttgart, Alemania, abril de 1945. ww2dbaseBritish Government

Al mismo tiempo, el físico Ronald Richter, que había trabajado en Berlín, en el laboratorio de Manfred von Ardenne, participando en el proyecto nuclear del Tercer Reich, llega en secreto a la Argentina, a mediados de agosto de 1948, como parte de un grupo de ingenieros, técnicos y pilotos de prueba alemanes, liderados por el experto en diseño y desarrollo aeronáutico Kurt Tank. El 24 de agosto, por recomendación de Tank, Perón conoce a Richter, quien logra persuadirlo sobre la posibilidad de obtener energía por el proceso de fusión controlada. Algo que hoy sabemos imposible con la tecnología de la época. La primera prueba exitosa fue en el reactor experimental de fusión nuclear “Joint European Torus” (JET) en Culham, Gran Bretaña, en 1999.

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El Presidente Juan Domingo Perón saluda al profesor Tank, al concluir un vuelo de demostración del Pulqui II (Foto: Archivo General de la Nación)

El prestigio de Tank, reconocido mundialmente como diseñador de aviones de combate, y las dificultades que retrasaban el acceso a la tecnología nuclear, convencen a Perón de apoyar a Richter. Posiblemente, el ejemplo de Stalin, que no había apoyado ni creído a sus científicos lleva a Perón a no someter las ideas de Richter a una segunda evaluación. En junio de 1949, se decide impulsar la construcción de un conjunto importante de instalaciones en Bariloche (provincia de Río Negro), con sus principales laboratorios e instrumentos en la isla Huemul. El coronel Enrique González, amigo personal de Perón, pragmático, administrador eficiente y poco afecto a las fantasías, es puesto a cargo del proyecto, como en Estados Unidos y la Unión Soviética, en los que la máxima autoridad nuclear estaba a cargo de militares. El proyecto se financia inicialmente con fondos reservados y en total secreto. Pronto González insiste en institucionalizar el proceso administrativo y convence a Perón de ello.

Nace la CNEA

El 31 de mayo de 1950 Perón firma el decreto de creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y nombra a González secretario general. La CNEA dependería directamente de la Presidencia de la Nación a través del Ministerio de Asuntos Técnicos, encabezado por el médico Raúl Mendé. Su objetivo es controlar la totalidad de las investigaciones atómicas. El decreto explícitamente afirma la orientación pacífica de la institución: “…que la República Argentina, despreocupada de toda intención ofensiva, puede trabajar en este orden de cosas también con elevado sentido de paz en beneficio de la humanidad”.

Perón firmó el decreto de creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el 31 de mayo de 1950
Perón firmó el decreto de creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el 31 de mayo de 1950

González había recibido opiniones escépticas de los físicos Isnardi y José Collo y había intentado fiscalizar sin éxito los “avances” de Richter. Gaviola se retira a la actividad privada y Beck es reclutado por el gobierno de Brasil, renuncia y abandona el país. En febrero de 1952 la renuncia de González, en protesta contra Richter y su falta de resultados genera el nombramiento en su lugar del capitán de Fragata Pedro Iraolagoitía, antiguo edecán de Perón. Esto significó el paso del sector de energía atómica, hasta entonces dependiente del Ejército, a manos de la Armada. Durante las siguientes tres décadas, oficiales navales estarán al frente del área nuclear. Pionero de la Antártida, avezado aviador naval, Iraolagoitía comanda el primer vuelo en la historia mundial que une el continente con la Antártica, consolidando la posición argentina en el continente blanco.

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De izquierda a derecha: Ronald Richter, Mario Báncora y José Antonio Balseiro. (Fuente: Wikimedia Commons)

Rápidamente, con los informes negativos de José A. Balseiro – convocado de manera urgente de Inglaterra, donde se halla realizando un perfeccionamiento, expresamente para integrar la comisión evaluadora-, Mario Báncora y otros miembros de la comisión, convencieron a Perón de cerrar el Proyecto Huemul. Balseiro se queda en la Argentina y es nombrado jefe del departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. En 1954, pasa a prestar servicios a la Comisión Nacional de Energía Atómica y asiste, en Bariloche, al Primer Curso de Verano sobre Reactores y Física. Las instalaciones y equipos del fallido proyecto pasan a integrar el “Instituto de Física de Bariloche” (hoy “Instituto Balseiro”). Balseiro juega un rol importante en la creación del instituto y es su primer director.

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Mundo Atómico – Año I N° 2: Noviembre-Diciembre de 1950, revista de divulgación sobre energía nuclear argentina

El camino ya está trazado y el saldo será de tres reactores de potencia, hoy en funcionamiento (Central Nuclear de Embalse y Atucha I y II), la construcción y operación de reactores de investigación (el primero de Latinoamérica), el manejo del ciclo de combustible nuclear, dominando para ello el enriquecimiento de uranio, el diseño y comienzo de la construcción del reactor CAREM (primer reactor nuclear de potencia íntegramente nacional), el reactor multipropósito RA-10 en construcción (y otros nueve reactores de investigación en funcionamiento), el desarrollo de la medicina nuclear y la provisión de radioisótopos para su uso en el área de salud, tanto para diagnóstico (con radioisótopos tales como el Carbono, Iodo y Molibdeno, llamados “trazadores”, a través de los cuales se puede conocer el funcionamiento de determinados órganos), como para el tratamiento (mediante radiaciones ionizantes que son utilizadas para destruir lesiones cancerosas, exponiendo al tumor a dosis procedentes de fuentes de radiactividad externas con equipos de rayos X, radioterapia con fuente de cobalto-60 o internas, braquiterapia, radioterapia metabólica) y los proyectos de enriquecimiento por centrífugas y por láser, además de la extensa formación de recursos técnicos y científicos para el país en sus tres centros de formación superior de alta excelencia. Sus laboratorios abarcan desde la nanotecnología a los satélites, pasando por la producción de combustible nuclear y la tecnología láser avanzada.

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Centro de Medicina Nuclear, CNEA-Bariloche. Foto: Alfredo Leiva/Diario Río Negro

Las tecnologías que, a 70 años de su fundación, la CNEA ha puesto en manos de la Nación Argentina, nos colocan a la vanguardia del desarrollo tecnológico contribuyendo de manera significativa a nuestra independencia y soberanía. El sueño de aquellos visionarios se ha plasmado en la institución científica más importante del país.

El autor es profesor de Historia Económica (UBA y UNlaM). Fue asesor de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación

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