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Lo evacuaron de Malvinas con congelamiento y 25 kilos menos, un médico le salvó la vida y se reencontraron 37 años después

MEDICO Y SOLDADO DE MALVINAs

“El 2 de abril por la mañana, mientras trabajaba en el Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, escuché por primera vez la noticia: habíamos desembarcado en las Malvinas”. Ese mismo día, sin previo aviso, los médicos y enfermeras del hospital vieron entrar y atendieron al primer herido de la guerra.

Se trataba del Teniente de Fragata Diego Fernando García Quiroga, que estaba en la sección de Infantería de Marina que recuperó la casa del Gobernador (operación en la que murió el Capitán Pedro Edgardo Giachino, primer caído de la campaña). García Quiroga tenía 27 años. Entró al hospital a las 13:30 horas y fue atendido en primera instancia por el cirujano Jorge Wainer. Tenía una herida de bala en las costillas del lado derecho del hígado, y otra en el antebrazo derecho también. Fue operado con éxito. En ese momento el hospital recibió su bautismo de guerra…

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El segundo de izquierda a derecha es Rubén Cantele. Carga la placa base del mortero con el que defendió su posición en las islas.

“Posteriormente, el hospital regional fue acondicionado como el principal destino de evacuación de las Malvinas” cuenta el doctor Reinaldo Manuel Van Domselaar Ober (72 años), uno de los dos protagonistas de esta historia. “El hospital adoptó un sistema de 12 horas por 12 horas y los médicos, sin distinción de especialidades, atendíamos solamente a derivados de Malvinas. La parte privada se encargaba del resto de la población”, agrega, con una memoria precisa para cada evento, aun hoy, 38 años después de la guerra.

“Después de iniciadas las primeras acciones bélicas empezaron a derivar a los soldados desde las Islas. Recibíamos muchos contingentes que tenían heridas de distinta gravedad. Algunas muy graves incluso, pero tengo el gusto de decir que en el Hospital Regional no falleció ningún soldado”, dice el doctor desde su chacra en General Conesa, donde pasa sus días de cuarentena, viendo cómo los médicos se convierten en los héroes de la batalla contra el COVID-19. En aquel año su acción, incluso fuera del campo de batalla, también tuvo su cuota de heroísmo: eran los primeros en ver el saldo de la guerra y, junto a las enfermeras, en darles cuidado y amor a los combatientes. Esta historia es testigo de ese amor.

El Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, hoy. Durante el conflicto fue reacondicionado para recibir a los heridos de la guerra.
El Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, hoy. Durante el conflicto fue reacondicionado para recibir a los heridos de la guerra.

“En casi todos los soldados que recibíamos, el factor común era la desnutrición y eran muy frecuentes las lesiones por congelamiento o el llamado pie de trinchera, que es producto de la combinación de la temperatura, la humedad y la quietud del miembro”, explica Reinaldo, que fue justamente por un cuadro de congelamiento y desnutrición que conoció a Rubén Cantele, el otro protagonista de este relato.

Entre los dos se formó una relación especial, que 38 años después tuvo un nuevo capítulo. Pero antes de eso, volvamos al comienzo de la guerra.

Eran cerca de las nueve de la mañana del 2 de abril cuando aterrizó el segundo vuelo argentino en las Islas Malvinas. La pista de aterrizaje todavía estaba obstruida por camiones ingleses, que ante la sorpresa del desembarco quisieron bloquear la llegada de aviones. No lo lograron: en ese vuelo se trasladaba entre otros el Regimiento de Infantería 25 a cargo del Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín. Entre sus hombres, el soldado conscripto Rubén Cantele.

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La carta que le envió Rubén a Reinaldo tiempo después de la guerra de Malvinas.

“Del aeropuerto nos fuimos caminando a la ciudad. Ahí estuvimos en varios lados. Dormimos en un galpón, después en una usina, luego pasamos a cavar posiciones en varios lugares hasta que lo hicimos frente al aeropuerto y pusimos puesto de vigilancia ahí con un mortero del que yo cargaba la placa base. Ahí pasamos mucho tiempo en un pozo de zorro”, cuenta Rubén.

No tuvo unos primeros días fáciles: apenas llegó lo atacó una diarrea que le hizo perder mucha fuerza y peso. Siguió adelante. Les ordenaron posicionarse junto al aeropuerto, ya en poder argentino, porque se pensaba que el primer ataque sería un desembarco inglés para capturar la pista. Cantele, junto a sus camaradas, debían evitar ese desembarco con sus morteros.

“Estuvimos en esa posición mucho tiempo. El 1 de mayo, en un ataque, cayó una bomba a quince metros de nuestra posición. Recuerdo que hasta nos cayó un camarada encima que estaba cerca del impacto y salió despedido. Fuimos atacados muchísimas veces, porque los ingleses siempre quisieron destruir la pista, pero nunca pudieron”, recuerda Rubén.

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El último de izquiera a derecha, en los famosos pozos de zorro que cavaban los soldados argentinos para protegerse de los ataques. Allí Rubén sufrió desnutrición y congelamiento.

“Finalmente, fui evacuado el día 7 de junio, con un estado muy avanzado de desnutrición y congelamiento. El vuelo se hizo de noche, en pleno bloqueo aéreo, pero logramos salir del aeropuerto”. Los vuelos de salida por ese entonces, apenas pocos días antes de la rendición (el 14 de junio), suponían un riesgo altísimo. Los ingleses dominaban los cielos y sus barcos patrullaban la costa. Los aviones debían ir al ras del agua tratando de no ser detectados por los radares. Era difícil realizar vuelos de evacuación. Sin ir más lejos, en los primeros días de junio un avión inglés derribó a un Hércules que hacía exploración. Pero por suerte (y por valor, y por destreza), el vuelo en el que viajó Rubén sí llegó a continente. Pocas horas después, conoció al doctor Van Domselaar.

“Él ingresó en el sector que estaba a mi cargo con una desnutrición extrema. Y tenía congelados los dedos de las manos”, recuerda el doctor. “Lo atendimos y fue mejorando con el tratamiento y con el cuidado, no solo de los médicos sino también de las enfermeras. La enfermería tiene un valor incalculable, muchas veces es más importante que el propio médico incluso”, agrega.

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La imagen corresponde a un libro de medicina y la envía el doctor Van Domselaar para mostrar cómo es el estado de congelamiento en el que tenía las manos Rubén al llegar de las Malvinas.

Rubén se estaba recuperando y un día, después de la revisación, le pidió un favor al doctor. “Le pregunté qué necesitaba y me dijo que quería escribir una carta a sus padres, pero con las manos congeladas no podía. Quería que yo se la escribiera”, recuerda Reinaldo. Aceptó y fue en busca de papel y lapiz.

-¿Qué escribo? -le preguntó.

-¿No sé doctor, a usted qué le parece?

-Primero… que estás vivo. Segundo, que estás internado y que no tenés nada grave.

-Bueno, empiece usted doctor.

Reinaldo empezó a escribir. “Queridos papá y mamá: estoy vivo, estoy sano, y estoy internado en el hospital regional de Comodoro Rivadavia. Aquí me atienden de primera, la gente es muy buena, y si Dios quiere, como la cosa va mejorando, probablemente dentro de poco me deriven…”. La carta aún la guarda Rubén entre sus tesoros. Dice exactamente eso.

Mientras charlaban, Rubén le contó que era de Leones, una ciudad pequeña de Córdoba, y resultó que el doctor había estado allí. Desde ese momento, nació una suerte de amistad.

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"Estimado doctor, espero que al recibir esta carta se encuentra usted bien de salud", le escribió Rubén a Reinaldo en septiembre de 1982.

“Llegó el momento de la despedida. Se tenía que ir de alta. Y me agradeció mucho. Él a mí me tiene como un héroe que le salvó la vida, pero no es cierto. En el Hospital todos trabajábamos igual, pero bueno, él lo vivió así”, cuenta el doctor.

Antes de irse, Rubén le dijo que le quería dejar un recuerdo. Le obsequió su pasamontaña color verde oliva y la manta que lo abrigó en las Islas Malvinas durante las noches de combate. “Una manta con la que todavía me tapo cuando duermo la siesta”, dice Reinaldo.

Y se fue.

Tiempo después le mandó una carta expresándole su agradecimiento y el de sus padres. Contándole que estaba bien y preguntando por su vida. Cruzaron algunas cartas. Cada uno siguió su camino. Rubén, de regreso en Leones, siempre quedó conectado a las Malvinas. “De mi ciudad fuimos 9 conscriptos los que enviaron a la guerra. Uno de ellos murió en las islas: el soldado José Luis Allende en el Combate de Darwin”, recuerda.

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Rubén al frente de su programa: “Malvinas, aún esperan”. Lo realiza todos los viernes desde hace 14 años en honor a los veteranos.

Con profunda humildad, Rubén siempre prefiere hablar del heroísmo de los otros. Cada viernes desde hace 14 años realiza el programa “Malvinas, aún esperan” (por Radio Urbana FM 91.3 de la Ciudad de Leones), en honor a los veteranos. En uno de eso programas, muchos años después de conocerlo, entrevistó a quien él considera su salvador: el doctor Reinaldo Van Domselaar.

Pero ese no fue el único reencuentro.

“El año pasado Rubén me visitó, y nos vimos 37 años después. Tuve el honor de que en el viaje que hizo junto a otros dos veteranos, me visitaron. Los alojé en mi casa y pasamos una noche de recuerdos, lágrimas y emociones hermosas”, agrega, con la voz quebrada a través del teléfono.

En ese encuentro, Reinaldo le mostró aquella manta verde con la que se tapa aun hoy cuando duerme la siesta. Esa misma manta que lo abriga cada vez que piensan en Malvinas. Esa misma manta que sella la historia con esta foto.

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