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Listas negras y rosas, películas mutiladas y la primera vez que apareció una caricatura de Videla: la siniestra censura de los ’70

La censura cultural y en la prensa alcanzó durante el Proceso su punto cumbre. Sin embargo, no debe olvidarse que ese clima de prohibiciones fue armándose lentamente durante dos décadas. Ese afán censor se aceleró de manera abrupta a partir de 1974. Ya en los últimos años de los gobiernos peronistas y en especial en el de Isabel, la censura, las prohibiciones, el cierre de publicaciones y las listas negras se habían instalado.

“Las listas negras y la censura empezaron antes. En el 74 en el gobierno de Isabel y López Rega. Esas listas después las usó el Proceso y las amplió” contó Andrés Cascioli, director de la revista Humor.

El cierre de la revista Satiricón, el secuestro de algunas ediciones de diarios, la prohibición de algunos libros y el corte de películas desde un Ente Calificador muy estricto y ya comandado por Miguel Paulino Tato, fueron algunas de esas manifestaciones. Alguna vez Víctor Heredia recordó que sus problemas comenzaron el año 75. Sus temas dejaron de ser pasados en la radio, no fue invitado más a la televisión. El golpe del 24 de marzo empeoró la situación aún más.

Ese 24 de marzo de 1976 las radios y la televisión ingresaron en una cadena nacional que en algún momento pareció que se convertiría en eterna. Sólo música sacra y comunicados nacionales. La única excepción fue la transmisión del partido de la Selección desde Polonia. Pero para los diarios la situación fue diferente. Ellos debían salir. La gente estaba ávida de noticias. Pero el control que pretendían ejercer los militares recién llegados al poder tenía vocación de absoluto. Para ello diseñaron un esquema imposible de censura previa.

El 24 de marzo avisaron a los editores de diarios que debían enviar las pruebas de la edición de cada día, con cada página firmada, por el secretario de redacción, para su aprobación. El censor rechazaba algunas notas o páginas que volvían a la redacción del diario correspondiente, se rehacían y regresaban al censor. Por ejemplo la edición del 25 de marzo de Clarín fue rechazada tres veces (un artículo -o un párrafo de un artículo-, una solicitada y un aviso). El sistema estuvo en vigencia sólo 36 horas. Porque la tarea era tan ciclópea y demoraba tanto que los diarios llegaban a los kioscos muy tarde. Dos días después nadie se acordaba de este mecanismo.

Miguel Paulino Tato
Miguel Paulino Tato, el Señor Tijeras, se encargaba de mutilar las películas

Así lo explicó, en diálogo con Jorge Halperín, Marcos Cyntrynblum, secretario de redacción de Clarín durante los setenta y los ochenta: “Cuando se produce el golpe, a nosotros nos convocan, y nos dicen que iban a revisar todo el material, que íbamos a pasar todos los días por una censura. En el área de prensa estaban un capitán Corti y otro capitán de navío, Carpintero. Yo les explicaba que me parecía imposible que pudieran leer todo el material de los diarios a tiempo como para que los diarios llegaran a los kioscos a un horario prudente para que los lectores pudieran leer. Pero, con la soberbia que les daba haber asumido en un solo golpe todo el poder, no me escucharon. Por supuesto que al segundo día a las 4 o 5 de la madrugada estaban todos los diarios paralizados. Los militares leían las notas, y nos llegaban a cuentagotas los artículos corregidos. Queríamos que el diario se publicara, porque veíamos que no salía. Hasta que a cierta hora de la madrugada dijeron “publiquen todo”, y el diario salió sin censura, y a partir de ese momento cambió su rigidez. El sistema que planteaban duró sólo un día. No tenían estructura y los frenaba su desconocimiento de cómo funcionaba un diario”.

Lo que sucedió a partir de ese momento fue que los diarios y las revistas recibieron órdenes expresas de que sobre lo atinente a la “lucha antisubversiva”, tal cómo se la llamaba, sólo se publicaban los cables oficiales.

Contrariamente a lo que se cree, en la prensa se filtraban críticas permanentes a la actuación de distintos funcionarios. Se cuestionaba el plan económico, el proyecto educativo, alguna obra pública o medidas municipales (la puja por el poder y la división tripartita entre las tres Fuerzas Armadas del país colaboraban para que eso sucediera). Sin embargo, sobre un tema había un consenso generalizado, casi absoluto: la represión de la subversión. Walter Benjamin escribió que no existe un documento de civilización que no sea un documento sobre la barbarie. La prensa parecía seguir ese dictum a rajatabla: cada vez que había signos inequívocos de asesinatos y desapariciones por parte del estado, eso era interpretado y traducido en los medios como un escalón más en el “esfuerzo civilizatorio” por ordenar el país.

A pesar de ese control sobre la información de lo pertinente a la llamado lucha contra la subversión, la lectura de los diarios de la época sorprende al lector no avisado. Allí los desaparecidos, las Madres de Plaza de Mayo, las denuncias por las violaciones a los Derechos Humanos tienen una presencia no muy destacada pero constante. Pocos días antes del Mundial 78 y ante la publicación de una lista de más de 2300 desaparecidos elaborada por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, unas declaraciones del Ministro del Interior, Albano Harguindeguy, fueron el titular principal de todos los diarios. Harguindeguy negaba que casi noventa de las personas incluidas en la lista fueran en realidad desaparecidos. Así, por vía indirecta, confirmaba sin que a casi nadie le produjera mayor estupor que los otros 2200 casos eran verdaderos. Unos pocos medios, con el Buenos Aires Herald a la cabeza, denunciaron cada uno de los crímenes que llegaron a su conocimiento. Como alguna vez dijo Rodolfo Terragno: “Las hemerotecas prueban la falsedad de quienes alegan que por mucho tiempo se ignoró la sistemática violación de los derechos humanos”.

Tapa de revista Humo de diciembre de 1979
Tapa de revista Humo de diciembre de 1979

Como el servicio de lectura previa fracasó de manera estrepitosa por impracticable, los funcionarios aducían que no existía la censura previa porque los materiales se analizaban una vez impresos. De esa manera, sostenían, se respetaba el precepto constitucional que la prohibía.

Pero persistió otro tipo de censura, una no oficial, o una que no estaba reglamentada. “Esa censura estaba formulada sobre la base de órdenes verbales; autoritaria, sin explicaciones; no restringida a un género artístico; representativa del modelo político imperante; sistemática y sostenida, con objetivos; con un control tan estricto de su cumplimiento que consiguió llegar al fondo del miedo” escribió Carlos Ulanovsky.

Las listas negras, una vez más (habían tenido un periodo de esplendor con la Triple A meses antes con amenazas de muerte, proscripciones y exilios masivos), se instalaban. Esas listas no eran unívocas ni estaban siempre explicitadas. Y los niveles de prohibición eran variados. Actores, cantantes, escritores y periodistas eran las víctimas. La idea principal era que imperara el miedo. Porque todo era tan arbitrario que algunos no podían aparecer en televisión ni radio pero sí actuar en teatro; a otros estaba prohibido entrevistarlos; estaban quienes eran contratados en teatros oficiales pero rechazados de otros lados; y hasta hubo a quienes se les permitía aparecer en televisión pero poco. Los proscriptos nunca sabía bien cuál era el motivo ni cuánto duraba su castigo. Había que hacer averiguaciones, consultas, soportar esperas y desprecio. Ninguno de los militares a cargo se solía hacer responsable. Cuando alguno de los censurados conseguía una reunión siempre la culpa era de otro o la orden venía “desde arriba”. Así nadie sabía quién era el que lo había prohibido.

Luis Brandoni narró su caso: “Dos días después del golpe, el 26 de marzo, me enteré que estaba en una lista negra, prohibido. Estaba haciendo en Canal 9 La aventura de vivir con Marta González. En la primera página del guión decía que a mi personaje lo habían mandado a Japón. A mí nadie me había dicho nada. En realidad mi personaje no se fue a Japón, se fue a la mierda.”

Por los canales circulaban hojas escritas a máquina con los nombres y apellidos de actores y actrices que no podían trabajar. Lo mismo pasaba con cantantes y canciones en las radios. Pero, a veces, quien estaba en una lista podía superar la criba de la otra. Hasta se llegó a la ridiculez de que uno que le caía mal a la Marina era prohibido en un canal de TV pero podía aparecer en otro. Así podemos decir que había listas negras, grises, blancas. El actor Osvaldo Pacheco, apenas regresó la democracia, se animó a sumar un nuevo color: “Yo no estaba en ninguna lista pero tampoco trabajaba. Hasta que fui a ver al coronel Subiela, que después de una amansadora de tres horas, me hizo sentar y se quedó mudo mirándome. Cuando le pregunté por qué estaba prohibido sólo me dijo: ‘Por su vida privada’. A mí me pusieron en la lista rosa”.

Hubo actores que pudieron seguir actuando en teatro. Pero la asistencia a sus espectáculos dependía de los pequeños avisos en las secciones de espectáculos y del boca a boca porque nadie los podía entrevistar. Pero, muchas veces, tampoco alcanzaba con eso. Una bomba o una atentado violento ponían fin a la temporada.

 La junta militar que tomó el poder en 1976 desterro la libertad de expresión
La junta militar que tomó el poder en 1976 desterro la libertad de expresión

Las giras por el interior, un recurso que salvaba a muchos de los que se dedicaban a la música o a la actuación, también estaban restringidas. Las diez provincias que dependían de la jurisdicción de Luciano Benjamín Menéndez, que comandaba el Tercer Cuerpo de Ejército (Córdoba, Tucumán. Santiago, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, San Juna, Mendoza y San Luis), eran inaccesibles pero estos artistas.

Esa censura que pretendió ser cerrada, perfecta y de control absoluto en los primeros días, debió ceder ante la imposibilidad de su aplicación. Sin embargo quien se salía de lo permitido era castigado severamente. El germen ya estaba instalado (y cómo se vio no era algo que había empezado el 24 de marzo). Durante los años del Proceso la autocensura jugó un papel muy importante. “Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar incrustada en el cerebro”, escribió María Elena Walsh.

Los límites, muchas veces no escritos, las prohibiciones no taxativas, algo etéreas, no se corrían ni se traspasaban. El temor, a diferencia de otras épocas, era por la vida misma. Ya no se trataba de perder dinero, trabajos o de sufrir incomodidades: se podía morir asesinado. En junio de 1978, el autor televisivo Abel Santa Cruz declaraba: “Doy en la medida en que me permite dar la televisión, donde nos movemos dentro de límites muy rígidos: un adulterio, no, de ninguna manera; un personaje no se puede suicidar; y de las drogas ni siquiera hablar; un hombre casado no debe mirar a un señorita soltera. Hay pautas severísimas dentro de las cuales estamos totalmente limitados. Los temas son muy contados: la muchacha buena y el muchacho bueno, nada más”.

En el ámbito cinematográfico la censura era férrea. Centenares de films no se podían pasar. Y aquellos que se estrenaban sufrían cortes escandalosos. Ninguna parte de la anatomía femenina se vio en las pantallas argentinas por casi siete años. Tampoco escenas sexuales. No quedaba sólo ahí: la tijera del censor cercenaba diálogos, escenas y situaciones que él consideraba poco gratificantes o instructivas. Las películas se estrenaban como unos frankesteins a las que les faltaba continuidad o sentido.

Un extracto del fallo del juez correccional Justo Getino de julio de 1976 puede servir como cabal ejemplo: “Ratifico prohibición de El Último Tango en París. Lo obsceno es algo más que lo impúdico, es lo que ofende torpemente al pudor. Se trata de un concepto valorativo cultural que depende de la sensibilidad moral media de un pueblo dado en un momento determinado, la que se quiere preservar de lo torpe, lo grosero, lo asqueroso, para evitar su paulatina degradación. El film El Último Tango en París contiene representaciones de actos contra natura, masturbaciones y otras formas de degeneración sexual que, unidas al contenido de los diálogos durante alguna de esas escenas, resulta realmente grosero, torpe e hiriente para la sensibilidad moral media de nuestro pueblo”.

En la censura cinematográfica brillaba un personaje en particular, el censor por antonomasia. Miguel Paulino Tato, el Señor Tijeras. Un ex crítico de cine devenido en censor, actividad que realizaba con dedicación y fruición y que en algunas entrevistas (que daba profusamente) se reivindicaba como nazi y como un cavernícola. Asumió en el Ente Calificador en agosto de 1974 y fue uno de los pocos, sino el único, funcionario que sobrevivió el golpe del 24 de marzo de 1976. Tiene su lógica: su tarea no varió demasiado. Se mantuvo en el cargo hasta 1980. “La gente odia la censura porque cree que le están cortando las mejores partes. Pero es todo lo contrario. Le estamos salvando la plata al público cuando cortamos o prohibimos”, decía.

censura en los 70
La primera caricatura que se hizo de la junta militar (con el ex presidente de la FIFA Joao Havelange) fue obra de Hermenegildo Sabat en 1978

Jorge Luis Borges entendía el fenómeno a la perfección, se oponía a la censura y hablaba también de otro factor de presión importante, la iglesia: “La censura depende, según se sabe, de los estados o de la Iglesia; no hay ninguna razón para suponer que esas instituciones sean invariablemente imparciales. El individuo tiene el derecho de elegir el libro o el espectáculo que le place; no debe delegar esa elección a personas desconocidas y anónimas. Por lo demás un censor tiene la obligación de prohibir ya que si no lo hace, pierde su puesto. Confiscar un texto cualquiera es una operación arbitraria que se parece menos a la inteligencia que refutarlo o discutirlo”

La censura impuesta desde el poder, encontraba un fuerte respaldo en los medios. Tanto es así que las pocas veces que no se ejercía, algunos clamaban por su aplicación.

“Alberto Olmedo encontró que podía ser divertido disfrazarse de mujer para remedar a una conocida cantante italiana. Y lo hizo. Cabe preguntarse si el edicto policial que prohíbe mostrarse en público con ropas del sexo opuesto no rige también para la televisión, donde la platea, muy a diferencia de un corso de carnaval, por ejemplo, es millonaria en adultos, jóvenes y chicos”, decía La Nación en septiembre de 1976.

Los valores a proteger eran la moral y las buenas costumbres. La censura no recaía necesariamente sobre temas sexuales. Sino también sobre obras y opiniones que ponían en tela de juicio sistemas de vida, creencias o instituciones de poder. O simplemente que contrariaban el humor del poderoso de turno.

De eso parecía hablar el presidente de facto Jorge Rafael Videla en julio del 76: “La lucha se dará en todos los campos, además del estrictamente militar. No se permitirá la acción disolvente y antinacional en la cultura, en los medios, en la economía, en la política o en el gremialismo. Los emboscados tendrán que salir de sus cubiles. Esta lucha es ante todo una lucha por valores positivos y esenciales”.

Otra de las limitaciones no escritas, pero conocidas, era que los comandantes de la Junta (y otros militares con poder) no podían ser ridiculizados ni caricaturizados. Una de las primeras órdenes que llegaron a las redacciones fue la prohibición de dibujar o hacer caricaturas de los miembros de la Junta Militar. La veda se cumplió a rajatabla por dos años. Eso terminó en medio de la euforia del triunfo mundialista en el 78. La locura del Mundial derribó también esa barrera. Sin consultar, sin conseguir permiso, pero explorando una posibilidad que una vez ejercida ya no iba a tener marcha atrás, Hermenegildo Sábat el día de la final dibujó en Clarín a los tres comandantes junto a Joao Havelange. Dos días después lo imitaron en La Nación.

A partir de ese momento se naturalizó que los jerarcas del proceso pudieran ser caricaturizados, instancia que explotó maravillosamente la revista Humor.

Sin embargo, pocos meses después, el general Suárez Mason, no muy contento con la situación, le mandó un mensaje a Hermenegildo Sábat a través de un conocido: “Decile a ese boludo que si sigue insistiendo con los dibujitos, lo vamos a tirar al río”.

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